El miedo es, sin duda, una emoción universal. Todos hemos vivido en algún momento esa experiencia. Sin embargo es importante aclarar que el miedo no es el problema, el miedo está indicando que existe un problema. Por lo tanto nos está dando la posibilidad de poder resolverlo. Debido a que el miedo afecta nuestro desempeño, es necesario utilizar ciertas estrategias para superarlo:
Entender y/o aceptar el miedo. Se debe tomar la determinación de abordarlo, enfrentarlo y superarlo para impedir que afecte el cuerpo y el estado emocional.
El miedo es una señal, y por lo tanto debemos aprovechar la información que nos brinda. Sin embargo, a veces, no sabemos qué ante un miedo, no sabemos qué carencia señalan, ni cómo asistirla. Es necesario realizar un aprendizaje a fin de aprovechar la emoción del miedo. Todos disponemos de diferentes recursos para enfrentar los peligros y todos estamos sometidos a la misma ley psicológica: si la amenaza (física o psicológica) supera a los recursos de los que disponemos, surgirá el miedo.
No existe la cobardía o, por el contrario, la valentía. Lo que uno observa simplemente son, personas que disponen de diferentes recursos para enfrentarse a la amenaza que se les presenta. Es importante alcanzar esta comprensión, porque quien es tachado de cobarde, queda injustamente estigmatizado, se daña la valoración de sí mismo y perturba la forma de relacionarse consigo mismo y con los demás.
No sentir vergüenza por experimentar esa emoción. Puede ocurrir, que si por sentir miedo, uno ha sido rechazado, descalificado, tildado de cobarde, etcétera, poco a poco vaya anestesiando la percepción de su miedo; ya no lo registrará y puede desembocar en el: “¡No tengo miedo!”. Y al no contar con esa señal, arremeterá contra el desafío que tiene adelante sin reconocer qué recursos son necesarios para hacerlo. (*)
“Escuchar el miedo”. A veces escuchamos repetidos consejos: “¡Olvidate del miedo!”, “¡El miedo es mal consejero!”. Mientras nos hallamos en ese contexto funcionamos en lucha con nosotros mismos, cargando sobre nuestros hombros nuestro propio aspecto temeroso, tratando de mantenerlo “dormido” para que moleste lo menos posible. El aspecto miedoso se calma cuando es escuchado con respeto y cuando se siente que lo que dice es realmente tenido en cuenta.
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La tendencia a sobredimensionar o magnificar situaciones hace que no se tomen decisiones o no se realicen las acciones requeridas para solucionar determinada situación, ocasionando bloqueo o limitación de la capacidad para discriminar.
Una reacción adecuada es aquella que escucha y respeta el aspecto temeroso, aquella que manifiesta un equilibrio entre la amenaza que enfrentamos y los recursos con que contamos. No siempre basta con tener los recursos, sino que es importante saber que uno los tiene.
sábado, 25 de septiembre de 2010
martes, 14 de septiembre de 2010
CERRANDO CÍRCULOS.

La vida, es bella, pero nosotros la complicamos todos los días, no nos damos cuenta que debemos cerrar capítulos y ver hacia adelante.
Lo importante es poder dejar ir momentos de la vida que se van clausurando. ¿Terminó tu trabajo? ¿Se acabó la relación? ¿Ya no vives más en esa casa? ¿Debes irte de viaje? ¿La amistad se acabó? Puedes pasar mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los por qués, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho.
El desgaste va a ser infinito porque en la vida, tú, tus amigos, tus hijos, tus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos. A pasar la hoja. A terminar con etapas o con momentos de la vida y seguir para adelante. No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, hecho está. Y hay que soltar, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. ¡No, los hechos pasan y hay que dejarlos ir!
Por eso a veces es tan importante romper fotos, quemar cartas, destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa. Papeles por romper, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas y hay que aprender a perder y a ganar.
Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir solo lo que tenemos en el presente. El pasado ya pasó. No esperes que te devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de “quien eres”. No, suelta. Con el resentimiento, al encender “tu televisor” personal para darte y darle al asunto, lo único que consigues es dañarte mentalmente, envenenarte, amargarte. La vida esta para adelante, nunca para atrás. Porque si andas por la vida dejando “puertas abiertas”, por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de “regresar” (¿a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo!
Si no, déjalo ir, cierra capítulos. Convéncete, que no vuelve. Pero no por orgullo ni por soberbia sino porque tú ya no encajas allí: en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio, ya no eres el mismo que se fue, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a qué volver.
Cierra la puerta, pasa la hoja, cierra el círculo. Ni tu serás el mismo ni el entorno al que regreses será igual porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo desprende lo que ya no esta en tu vida. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, porque cuando llegaste a este mundo lo hiciste sin ese adhesivo, por lo tanto es costumbre vivir pegado a él y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir.
Es un proceso de aprender a desprenderse y humanamente se puede lograr porque, te repito, nada ni nadie nos es indispensable. Solo es costumbre, apego, necesidad. Pero, cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacude, suelta.
Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad. ¡Esa es la vida! Comparto esto contigo, nunca está de más recordar que debemos cerrar nuestros círculos pendientes.
sábado, 11 de septiembre de 2010
EL ENOJO QUE RESUELVE.

Muchas veces cuando cometemos un error, nuestra primera reacción es enojarnos. Si no cumplimos con nuestras propias expectativas, nos enojamos. Si de pronto nos damos cuenta de que otro logro en poco tiempo lo que a nosotros nos viene llevando tanto tiempo, nos enojamos (qué tonto que soy) A veces nos enojamos levemente, y por segundos…
Otras veces, nuestro enojo ya no es tan leve, y cargamos con él por un tiempo prolongado, sin darnos cuenta que –de algún modo- nos hace presos de un círculo vicioso. ¿Quién puede dar lo mejor de sí cuando lo tratan mal?????
Hay circunstancias en las que mirando atrás, vemos cómo hemos actuado, y el enojo parece inundarnos. Qué fácil nos resulta hoy criticar al que fuimos ayer, qué fácil, no? -hoy que todo es diferente, hoy que ya estoy en otros zapatos, jajajaj. Quizás sea bueno que aprendamos –y aprehendamos- lo que me enseñó un maestro hace años. Quizás sería bueno que le agradezca a ese ser que fui por sus errores, porque gracias a él soy la persona que soy hoy. Casi nada, no?
A parte de eso, probablemente sea bueno que me de cuenta de que hice lo mejor que podía hacer, en esas circunstancias, con esa emocionalidad, con lo que sabía y había experimentado en ese momento. Posiblemente sea bueno que me de cuenta que es fácil criticar ahora que el momento ya pasó, porque es fácil criticar de afuera, aún cuando sólo hayan pasado 5 minutos, la situación ya pasó.
LAS EMOCIONES COMPARTIDAS.

Las emociones silenciosamente compartidas que despierta un cuadro, una obra dramática conmovedora o una hermosa pieza de música son capaces de unir estrechamente a las personas.
‘Me dejé llevar por mis sentimientos’, solemos decir cuando obramos bondadosa o valerosamente. Lo decimos casi como una disculpa. Sin embargo, esos sentimientos, modelados por la experiencia de toda una vida, constituyen una guía de conducta digna de confianza y casi automática. No nos será muy útil al jugar a la bolsa o al preparar una declaración de impuestos, pero, como dijo Sigmund Freud, en todos los asuntos verdaderamente fundamentales de la vida es preferible dejar la resolución a los sentimientos. ¿De qué otra manera podríamos decidir con quién casarnos, en qué persona confiar, qué hacer cuando nos encontramos de pronto ante una cuestión de vida o muerte?
En una oportunidad se oyó a Rose Bampton, soprano del Teatro Metropolitano de la Opera de Neva York, comentar las condiciones de dos muchachas que se preparaban para un recital. Señalando a una de ellas, dijo: ‘La gama de su voz no es excepcional, pero su emotividad es tremenda. Le llega más al público’. Mediante el sentimiento aprendemos a conocernos mejor, hacemos surgir nuestra vena creadora, ahondamos y damos mayor riqueza a nuestras relaciones.
Dos personas pueden compartir fortuna, comida y lecho, y sin embargo seguir siendo mutuamente extrañas. En último término, la única manera posible de llegar a significar algo para otro ser humano estriba precisamente en compartir sus sentimientos.
viernes, 10 de septiembre de 2010
La felicidad. Por Silvia Ons.

La búsqueda de felicidad ha gobernado y gobierna el anhelo del hombre en toda la historia de la humanidad. Es suficiente notar la facilidad con la que expresamos el deseo de felicidad: feliz año, felices fiestas, feliz viaje, feliz estadía, feliz cumpleaños, feliz matrimonio, feliz nacimiento, etc. Y seguramente tal afán parece intentar ser un antídoto contra las desgracias de la vida, sus sinsabores, el dolor de existir, en fin, todo aquello que más bien la contraría. Tal vez por ello tales augurios se levanten generalmente frente al futuro por venir, la incertidumbre del mañana. La felicitación, y ya no tanto el voto de felicidad, se declara ante un objetivo cumplido, un fin que se ha realizado, un propósito consumado. Sin embargo no hay término que se preste a tantos sentidos diversos, a múltiples interpretaciones, a una pluralidad de concepciones, de ahí la eterna pregunta: ¿qué es la felicidad? Ya Aristóteles se interrogaba:
“Puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a algún bien, volvamos de nuevo a plantearnos la cuestión: cuál es la meta de la política y cuál es el bien supremo entre todos los que pueden realizarse. Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz. Pero sobre lo que es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios”.
Diremos que no solo hay disparidad entre la idea del vulgo y la del “sabio”, sino que las filosofías mismas no concuerdan en una concepción del término. ¿Y qué nos dice el psicoanálisis? ¿Cuál es su respuesta no sólo a la eterna pregunta, sino a otra que va a su unísono y que interpela acerca de si la felicidad es factible o no? Tanto Freud como Lacan creen en una felicidad posible y la sostienen, pero luego de haber localizado la que no es posible. El creador del psicoanálisis es contundente cuando en la cercanía de las postrimerías de su obra, afirma sobre el placer:
“Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo, sobre su carácter acorde con fines no caben dudas, no obstante lo cual su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo –sin excepción– lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea 'dichoso' no está contenido en el plan de la 'Creación' ”.
Sin embargo, luego de estas afirmaciones Freud asevera que la felicidad es episódica y parcial, amante de los contrastes y de las diferencias, intempestiva y nunca continua. Y prosigue diciendo:
“Lo que en sentido estricto se llama corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. Resuena la conocida afirmación de Borges: en todo día hay un momento celestial y otro infernal.
Resulta interesante observar cómo hoy en día nos acechan las exigencias de felicidad, los imperativos de dicha, el deber de ser felices todo el tiempo. Pero la felicidad freudiana no es contraria al altibajo, ya que más bien lo supone, ella emerge cual ave Fénix, siempre entre cenizas. ¿No se eliminaría ella misma al intentar hacer desaparecer la disparidad de las tonalidades? Paradójicamente, el hombre siempre eufórico sería el hombre infeliz, ya que cuando la felicidad se transforma en el deber superyoico del ¡siempre¡ deja ella de ser felicidad.
Mirada pesimista. Se sabe de la influencia de Schopenhauer, tanto en Freud como en Borges y no sólo en ellos, sino también en Nietzsche, en Popper, en Cioran, entre otros. Siguiendo en esto a las doctrinas orientales, el filósofo alemán considera que el hombre es esclavo de su deseo, de la voluntad ciega, y este precisamente es el fundamento del pesimismo radical del autor respecto de una felicidad posible siempre a alcanzar y nunca posible por el desasosiego resultante de tales cadenas: “La vida es un anhelo opaco y un tormento”.
Sin embargo, el pesimismo de Schopenhauer no es equivalente al de Freud, ya que para este el carácter episódico de la felicidad no la torna menos valiosa ni la hace por ello desdichada. Es que lo perecedero no queda identificado con lo fútil como tan bien queda expresado en un breve texto llamado “La transitoriedad”, que si bien está escrito sobre el placer estético, importa considerarlo aquí, ya que alude al valor de lo episódico. Se trata de un sencillo y translúcido homenaje a Goethe, a la vez que un canto a la vida, en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial que se hallaba entonces en su segundo año. Freud se limita a contar una anécdota. Paseando con dos amigos, uno de ellos un joven pero ya célebre poeta, los caminantes se sienten de pronto embargados por el hermoso marco que los rodea. Pese a admirar la belleza de la naturaleza circundante, el poeta no puede gozar en plenitud pues le preocupa la idea de que todo ese esplendor esté condenado a perecer. Todo, en suma, le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado y que, seguramente por la despiadada guerra se hacía aún más presente.
Freud reacciona frente a la desestimación del carácter perecedero de lo bello indicando primeramente que tal posición puede originar dos tendencias psíquicas distintas: el amargado hastío del mundo (caso del poeta) o la rebelión contra la fatalidad, en otros términos, la negación de la muerte o de la aniquilación. Sin embargo y sin negar la índole transitoria de lo bello, sostiene con implacable coherencia que, al revés de lo que cree el poeta, la brevedad de lo bello, lejos de conllevar su desvalorización, incrementa su valor debido a su rareza en el tiempo. Y lo expresa diciendo que el valor de cuanto bello y perfecto existe reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo. El joven poeta desvaloriza lo bello, se priva de su goce, se sustrae al placer que la contemplación de lo estético entraña, para evitar el previsible penar por su desaparición. Rehúye la experiencia del placer, con tal de no exponerse al dolor y al sufrimiento, no puede entonces experimentar tal goce ya que lo apreciado no acredita duración en el tiempo.
Entonces, nosotros podemos concluir –y ya no sólo en el plano del placer estético– que el anhelo de una felicidad perdurable es aquello mismo que impide experimentar una felicidad posible ¿Qué sería una felicidad perdurable si ella misma jamás pudo ser experimentada? Pronto caemos en la cuenta que ella no sería otra cosa que una felicidad supuesta, soñada, esperanzada, que obstaculiza vivenciar la felicidad episódica, transitoria… como la vida misma.
La búsqueda. En el diccionario de María Moliner respecto de este término aparece una frase muy común: “Correr tras la felicidad”, dicho que da cuenta de que, en este caso no se trata de la felicidad episódica freudiana sino de la que se busca en una loca carrera. Sus señuelos engañosos quedan también ilustrados en el dicho: el que va tras la zanahoria. Que se evoque aquí a la corrida nos lleva a la felicidad como desdicha, cómo búsqueda incesante, desasosiego infinito, deseo siempre de otra cosa. Y aquí encontramos el pesimismo de Schopenhauer para quien nuestro mundo está hecho del mismo material que el de los sueños, el “Velo de maya” de los hindúes. Querer entonces es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un continuo deseo siempre insatisfecho, Schopenhauer concluye que “toda vida es esencialmente sufrimiento (Leiden)”.
Los hombres descriptos por Schopenhauer se parecen a esos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas imperceptibles.
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