sábado, 11 de septiembre de 2010

LAS EMOCIONES COMPARTIDAS.





Las emociones silenciosamente compartidas que despierta un cuadro, una obra dramática conmovedora o una hermosa pieza de música son capaces de unir estrechamente a las personas.
‘Me dejé llevar por mis sentimientos’, solemos decir cuando obramos bondadosa o valerosamente. Lo decimos casi como una disculpa. Sin embargo, esos sentimientos, modelados por la experiencia de toda una vida, constituyen una guía de conducta digna de confianza y casi automática. No nos será muy útil al jugar a la bolsa o al preparar una declaración de impuestos, pero, como dijo Sigmund Freud, en todos los asuntos verdaderamente fundamentales de la vida es preferible dejar la resolución a los sentimientos. ¿De qué otra manera podríamos decidir con quién casarnos, en qué persona confiar, qué hacer cuando nos encontramos de pronto ante una cuestión de vida o muerte?
En una oportunidad se oyó a Rose Bampton, soprano del Teatro Metropolitano de la Opera de Neva York, comentar las condiciones de dos muchachas que se preparaban para un recital. Señalando a una de ellas, dijo: ‘La gama de su voz no es excepcional, pero su emotividad es tremenda. Le llega más al público’. Mediante el sentimiento aprendemos a conocernos mejor, hacemos surgir nuestra vena creadora, ahondamos y damos mayor riqueza a nuestras relaciones.
Dos personas pueden compartir fortuna, comida y lecho, y sin embargo seguir siendo mutuamente extrañas. En último término, la única manera posible de llegar a significar algo para otro ser humano estriba precisamente en compartir sus sentimientos.

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