viernes, 10 de septiembre de 2010

La felicidad. Por Silvia Ons.





La búsqueda de felicidad ha gobernado y gobierna el anhelo del hombre en toda la historia de la humanidad. Es suficiente notar la facilidad con la que expresamos el deseo de felicidad: feliz año, felices fiestas, feliz viaje, feliz estadía, feliz cumpleaños, feliz matrimonio, feliz nacimiento, etc. Y seguramente tal afán parece intentar ser un antídoto contra las desgracias de la vida, sus sinsabores, el dolor de existir, en fin, todo aquello que más bien la contraría. Tal vez por ello tales augurios se levanten generalmente frente al futuro por venir, la incertidumbre del mañana. La felicitación, y ya no tanto el voto de felicidad, se declara ante un objetivo cumplido, un fin que se ha realizado, un propósito consumado. Sin embargo no hay término que se preste a tantos sentidos diversos, a múltiples interpretaciones, a una pluralidad de concepciones, de ahí la eterna pregunta: ¿qué es la felicidad? Ya Aristóteles se interrogaba:

“Puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a algún bien, volvamos de nuevo a plantearnos la cuestión: cuál es la meta de la política y cuál es el bien supremo entre todos los que pueden realizarse. Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz. Pero sobre lo que es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios”.

Diremos que no solo hay disparidad entre la idea del vulgo y la del “sabio”, sino que las filosofías mismas no concuerdan en una concepción del término. ¿Y qué nos dice el psicoanálisis? ¿Cuál es su respuesta no sólo a la eterna pregunta, sino a otra que va a su unísono y que interpela acerca de si la felicidad es factible o no? Tanto Freud como Lacan creen en una felicidad posible y la sostienen, pero luego de haber localizado la que no es posible. El creador del psicoanálisis es contundente cuando en la cercanía de las postrimerías de su obra, afirma sobre el placer:

“Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo, sobre su carácter acorde con fines no caben dudas, no obstante lo cual su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo –sin excepción– lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea 'dichoso' no está contenido en el plan de la 'Creación' ”.

Sin embargo, luego de estas afirmaciones Freud asevera que la felicidad es episódica y parcial, amante de los contrastes y de las diferencias, intempestiva y nunca continua. Y prosigue diciendo:

“Lo que en sentido estricto se llama corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. Resuena la conocida afirmación de Borges: en todo día hay un momento celestial y otro infernal.

Resulta interesante observar cómo hoy en día nos acechan las exigencias de felicidad, los imperativos de dicha, el deber de ser felices todo el tiempo. Pero la felicidad freudiana no es contraria al altibajo, ya que más bien lo supone, ella emerge cual ave Fénix, siempre entre cenizas. ¿No se eliminaría ella misma al intentar hacer desaparecer la disparidad de las tonalidades? Paradójicamente, el hombre siempre eufórico sería el hombre infeliz, ya que cuando la felicidad se transforma en el deber superyoico del ¡siempre¡ deja ella de ser felicidad.


Mirada pesimista. Se sabe de la influencia de Schopenhauer, tanto en Freud como en Borges y no sólo en ellos, sino también en Nietzsche, en Popper, en Cioran, entre otros. Siguiendo en esto a las doctrinas orientales, el filósofo alemán considera que el hombre es esclavo de su deseo, de la voluntad ciega, y este precisamente es el fundamento del pesimismo radical del autor respecto de una felicidad posible siempre a alcanzar y nunca posible por el desasosiego resultante de tales cadenas: “La vida es un anhelo opaco y un tormento”.

Sin embargo, el pesimismo de Schopenhauer no es equivalente al de Freud, ya que para este el carácter episódico de la felicidad no la torna menos valiosa ni la hace por ello desdichada. Es que lo perecedero no queda identificado con lo fútil como tan bien queda expresado en un breve texto llamado “La transitoriedad”, que si bien está escrito sobre el placer estético, importa considerarlo aquí, ya que alude al valor de lo episódico. Se trata de un sencillo y translúcido homenaje a Goethe, a la vez que un canto a la vida, en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial que se hallaba entonces en su segundo año. Freud se limita a contar una anécdota. Paseando con dos amigos, uno de ellos un joven pero ya célebre poeta, los caminantes se sienten de pronto embargados por el hermoso marco que los rodea. Pese a admirar la belleza de la naturaleza circundante, el poeta no puede gozar en plenitud pues le preocupa la idea de que todo ese esplendor esté condenado a perecer. Todo, en suma, le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado y que, seguramente por la despiadada guerra se hacía aún más presente.

Freud reacciona frente a la desestimación del carácter perecedero de lo bello indicando primeramente que tal posición puede originar dos tendencias psíquicas distintas: el amargado hastío del mundo (caso del poeta) o la rebelión contra la fatalidad, en otros términos, la negación de la muerte o de la aniquilación. Sin embargo y sin negar la índole transitoria de lo bello, sostiene con implacable coherencia que, al revés de lo que cree el poeta, la brevedad de lo bello, lejos de conllevar su desvalorización, incrementa su valor debido a su rareza en el tiempo. Y lo expresa diciendo que el valor de cuanto bello y perfecto existe reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo. El joven poeta desvaloriza lo bello, se priva de su goce, se sustrae al placer que la contemplación de lo estético entraña, para evitar el previsible penar por su desaparición. Rehúye la experiencia del placer, con tal de no exponerse al dolor y al sufrimiento, no puede entonces experimentar tal goce ya que lo apreciado no acredita duración en el tiempo.

Entonces, nosotros podemos concluir –y ya no sólo en el plano del placer estético– que el anhelo de una felicidad perdurable es aquello mismo que impide experimentar una felicidad posible ¿Qué sería una felicidad perdurable si ella misma jamás pudo ser experimentada? Pronto caemos en la cuenta que ella no sería otra cosa que una felicidad supuesta, soñada, esperanzada, que obstaculiza vivenciar la felicidad episódica, transitoria… como la vida misma.


La búsqueda. En el diccionario de María Moliner respecto de este término aparece una frase muy común: “Correr tras la felicidad”, dicho que da cuenta de que, en este caso no se trata de la felicidad episódica freudiana sino de la que se busca en una loca carrera. Sus señuelos engañosos quedan también ilustrados en el dicho: el que va tras la zanahoria. Que se evoque aquí a la corrida nos lleva a la felicidad como desdicha, cómo búsqueda incesante, desasosiego infinito, deseo siempre de otra cosa. Y aquí encontramos el pesimismo de Schopenhauer para quien nuestro mundo está hecho del mismo material que el de los sueños, el “Velo de maya” de los hindúes. Querer entonces es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un continuo deseo siempre insatisfecho, Schopenhauer concluye que “toda vida es esencialmente sufrimiento (Leiden)”.

Los hombres descriptos por Schopenhauer se parecen a esos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas imperceptibles.

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