sábado, 25 de diciembre de 2010

Sobreponerse a un gram amor...


El momento inmediatamente posterior a una ruptura suele ser de desánimo con respecto al futuro de las relaciones amorosas. Una especialista ofrece una serie de tips para sobrellevar esta situación




Todos anhelamos no sufrir por amor, pero ciertamente es bastante difícil que no nos toque el dolor por una ruptura amorosa.

¿Y después? ¿Qué pasa con el después?

Y… Seguramente voy a estar triste; tal vez llore mucho, o poco… ¿Pero me quedaré resentida y a la defensiva para no volver a pasar lo mismo? ¿Pagarán justos por pecadores?

Lo cierto es que cada persona lo afronta como puede, y justamente a los efectos de facilitar la llegada del olvido existen procesos, modos de disminuir el sufrimiento:

1- Lo primero es darse cuenta, luego de los clásicos enunciados “estoy confundida”, “no sé qué me pasa”, “necesito un tiempo”, etcétera, que es el momento de enfrentar la realidad por más dolorosa que resulte: hay que aceptar que esta relación se t-e-r-m-i-n-ó.

2- Apelar a los sostenes afectivos: amigos, familia, etcétera, lo que ayude a no sentirse en menor desamparo y soledad. Y, mientras tanto, interrogarse acerca de qué pasó, cuándo comenzó este desenlace, qué es lo que no se vio a tiempo, y de haberlo visto, si lo hubiera podido evitar.

3- Es importante respetarse, mantener la dignidad. Esto significa no inventar justificaciones para llamar, pedir, preocupar y posiblemente obtener “más de lo mismo”. Aunque el dolor nos toque la puerta es bueno respetarse y respetar pues los deseos no son voluntarios.

El amor no siempre es recíproco. Ello significa que por más que llamemos, entreguemos, suframos o extorsionemos, en una palabra, por las buenas o por las malas, si no hay encuentro, no lo hay. Y si nos damos cuenta de ello entonces comenzará el tiempo de sobreponerse a la ruptura.

Tratar de no aturdirse en exceso

La mayoría de las veces es bueno proponerse un momento de soledad para interrogarse, reflexionar a los efectos -y no solamente de pensar- para darse cuenta cuánto influye uno en el desenlace. Esto especialmente es bueno para salir fortalecido de la experiencia dolorosa.

Si hemos podido lograrlo, entonces comienza un nuevo momento. ¿De qué se trata? Pues de retomar actividades placenteras que habían sido dejadas de lado por “amor”.

¿Estudios? ¿Amistades? ¿Hobbies? En síntesis, de retomar fuentes de placer y de sostén que se habían relegado.

Así, poco a poco, llegará un día en que te encuentres otra vez atractiva/o, deseante de salir al mundo, o sea aceptar una invitación a una fiesta, a tomar un trago, a vivir mejor; y esta acción dará cuenta que comienzas a recuperarte de tu dolor de pérdida y entonces probablemente llegue el momento más importante.

Hay que valorar la soledad o, lo que es lo mismo, aprender a estar con uno mismo, pensarse en singular para vacaciones, gimnasia, viajes, lo que fuere y, por más que cueste, saber que hay soledades muy buenas, ricas, productivas y madurativas.

No debe negarse a nuevos comienzos: después de todo lo pasado y aunque la desconfianza se haya instalado, es bueno permitirse abrir las puertas a las posibilidades que la vida nos ofrece teniendo siempre presente que un nuevo amor debe ser exactamente eso, un nuevo amor y no un clavo que saque otro clavo.

Todo depende de cada persona. Algunos toleran mejor que otros el dolor y la autocrítica y se toman un intervalo para cambiar. Otras personas necesitan de “aventuras” y en el “mientras tanto” elaboran el olvido, el abandono y pueden al fin dar vuelta la página.

domingo, 31 de octubre de 2010

La ansiedad y el monstruo interno.

Una metáfora proveniente de la Terapia de Aceptación y Compromiso compara a la ansiedad con un monstruo que vive y se alimenta de adrenalina. Cuando algo nos avisa que hay un peligro, como entrar en una escalera mucho más empinada de lo esperado, realizamos una descarga automática de adrenalina y el monstruo que estaba dormido se despierta y logra que de forma automática nos agarremos a la barandilla y nos ayuda a no caernos. Nos damos cuenta de que tenemos el monstruo dentro y que se ha quedado, porque mientras digiere la adrenalina está fuerte ya que todavía le queda alimento para vivir. Cuando pasa el tiempo sin que veamos un nuevo peligro el cuerpo recupera su nivel normal de adrenalina y el monstruo se hiberna, porque no tiene suficiente alimento. Cuando es el propio monstruo el que nos da miedo y lo queremos echar del cuerpo, y luchamos para que desaparezca de inmediato, volvemos a hacer otra descarga de adrenalina para poder hacer el esfuerzo de luchar contra él. El monstruo, encantado porque tiene más alimento, crece y se hace más amenazador, nos dice que va a comernos el cerebro, que nos va a dañar el corazón, y la garganta nos la va a paralizar para siempre. Si aceptamos al monstruo en nuestro cuerpo y no hacemos nada para que se vaya, dejaremos de darle alimento y el monstruo morirá de inanición. Siempre viviremos el riesgo de que no se vaya, porque no estamos haciendo nada para conseguirlo. Tendremos que acostumbrarnos a escucharle decir "¿y si no me voy y te da un ataque al corazón o te vuelves loco, o se te bloquea la garganta para siempre?" y, tendremos que no hacer nada de lo que implícitamente dice, "¡lucha!, ¡huye!" pese al miedo que sentimos. En el tartamudeo atisbar una palabra difícil o una sensación de que no se va a poder hablar, dispara la adrenalina y se comienza la lucha para evitar o salir del bloqueo. Cuando se ha salido, la propia excitación avisa de que se está en una situación peligrosa y dice que hay que seguir la lucha. Aprender a no hacerlo es el objetivo de la desensibilización en el tartamudeo.

Como en todo proceso de habituación es imprescindible que los sucesos se repitan durante mucho tiempo para que se dé. Todos sabemos que los hombres somos capaces de habituarnos a las condiciones de vida más difíciles, solamente necesitamos tiempo y querer hacerlo, es decir, exponernos a ellas sin huir.

lunes, 18 de octubre de 2010

facebook o el fin de los "ex".

Hace poco, dos amigos se divorciaron. Me lo contó una conocida en común y lo confirmé por Facebook cuando vi que en donde antes decía "casado" ahora no había nada. Como se consideraban dos personas sabias y tenían dos hijos en común, decidieron seguir siendo "amigos" y tomarse la ruptura no como una pelea sino como "una bifurcación en sus caminos". O algo así le dijeron a todo el mundo.

Unos meses después, sin embargo, él empezó a salir con otra chica. Por discreción no habló del tema ni siquiera con su familia, pero su nueva novia (que también estaba en Facebook) subió las fotos de su cumpleaños, lo etiquetó en eventos a los que fueron juntos, habló de él en su timeline de Twitter, e incluso puso una foto de ella sentada a upa de él en su perfil.

Desde entonces, mi amiga pudo seguir toda la nueva vida de su ex marido como si la estuviera viendo en la tele. Aunque no lo buscara, su ex se le aparecía en las actualizaciones de Facebook todos los días. Leía los mensajes de sus colegas emocionados con la nueva pareja, los de la chica comentando lo que habían visto juntos en el cine, o de los parientes que él le había presentado el fin de semana anterior. Cada vez que la nueva novia lo etiquetaba en algo, automáticamente salía en su perfil: " Nueva novia etiquetó a Ex marido en una foto", " Nueva novia dice que le gusta esto", " Ex marido dice que le gusta lo otro", " Nueva novia es una gata. ¿Qué clase de animal serías tú?"

Podría haber cerrado su cuenta, es verdad, pero la tentación de hacer click y mirar era tan grande como la angustia que venía después. Tampoco tenía muchas alternativas. Quedaba mal bloquear al padre de sus hijos (¡que también tenían perfil de Facebook!) y no tenía ganas de ser una ex mujer despechada, así que se aguantó en silencio verlos besarse en el cumpleaños, leer los comentarios románticos de ella, y ser testigo de todas las salidas que registraban en foto.

Con el tiempo, mi amiga empezó a pasar noches enteras frente a la notebook, con una copa de vino en la mano, recorriendo las mismas fotos en busca de detalles para hacerse malasangre. Fueron de camping. De viaje a Colonia en fin de semana. La ayudó a mudarse. Le llevó el desayuno a la cama el Día de la Traductora. Todo, en su cara, todos los días, como una trompada en loop que no terminaba nunca.

Facebook es, no sólo una red social, sino una máquina del tiempo. Podés viajar a tu infancia y ver lo hecho bolsa está tu primer novio, comprobar si fracasaron los matoncitos de la secundaria, recuperar parientes lejanos, o adelantarte y averiguar datos sobre una persona que van a presentarte el próximo fin de semana para salir.

Facebook está sólo en presente. Las ex parejas, los ex jefes, los ex amigos están siempre ahí, saludando en las fotos, en los eventos a los que estás invitado, en los muros de tus conocidos. Como Terminator, no desaparecen, no se los traga la tierra, no dan nunca el portazo. Viven volviendo, siendo, existiendo detrás de cada aplicación, de cada click, de cada juego, aunque afuera de la computadora ya no estén.

Las redes sociales hicieron el "hasta nunca" imposible. ¿Cómo no desterrar de tu vida a alguien que tiene tus mismos contactos si ellos le hablan todo el tiempo? ¿Cómo dejar atrás los recuerdos de un ex que coincide en todas tus preferencias, que se suscribe a las mismas páginas de música, que dice cosas inteligentes en su perfil? ¡Si está ahí, a uno o dos clicks de distancia, en el muro de un viejo amigo en común!

Afuera, en el mundo real, quizás la gente se separe y nunca vuelva a verse. El novio que te deja para irse a vivir afuera no existe más. Se sube a un avión y está en otro país, hablando otra lengua, a quince mil kilómetros de distancia, con otro número de teléfono, otra dirección, otros conocidos. Adentro de Facebook, para bien o para mal, ese novio viajero es tu vecino para siempre.

Carolina Aguirre se recibió de guionista en la Escuela Nacional de Experimentación y realización cinematográfica (ENERC) en el año 2000. Es autora de los blogs Bestiaria (que se editó como libro bajo el sello Aguilar en 2008) y Ciega a citas que además de transformarse en un libro se transformó en la primera serie de televisión adaptada de un blog en español.
Colaboró con diversos diarios y revistas como Joy, Crítica de la Argentina, In, Metrópolis, Gataflora, Ohlalá y La mujer de mi vida .
Como guionista escribe para televisión y publicidad en canales y productoras como Pramer, Promofilm, Mandarina y Camilo Ad Hoc.
Actualmente es columnista del programa Mañana es tarde, en Radio del Plata AM 1030 y en su blog Wasabi , en Planeta Joy . Se encuentra trabajando en su próximo libro, que saldrá directamente en papel a fines del 2010.

jueves, 14 de octubre de 2010

el trastono de pánico.

Este curioso trastorno ha crecido sobremanera esta última década, tanto es así que bien merece una descripción, tanto fenomenológica como de su manera de pensar, tan peculiar por cierto.

Comencemos con la palabra pánico: deriva del dios Pan, de la mitología griega, era mitad niño y mitad cabra, y daba un grito que paralizaba de terror al que lo escuchara.

En sentido coloquial pánico quiere decir extremo miedo –y créanme que corresponde a lo que ocurre- pero psiquiátricamente quiere decir miedo a un peligro interno del cuerpo –a diferencia de la fobia, que le teme a algo exterior al cuerpo: cucarachas, aviones, perros, etc.- ¿Cuál es el peligro interno? Básicamente los siguientes: a morir (de un infarto o un ataque cerebral) a volverse loco, a ‘perder el control’, o bien a desplomarse.

El cuadro consiste en la aparición brusca de ciertas sensaciones corporales, inocuas, pero que el paciente interpreta de modo catastrófico, es decir, como señal de muerte inminente, o tal vez de locura o pérdida de control inmediatos. Cualquier sensación corporal que no comprenden, es para ellos (los panicosos) señal de que sobreviene la catástrofe: un mareo es señal de un ataque cerebral, las palpitaciones u opresión en el pecho son señales de ataque cardíaco inminente, y así sucesivamente. Tienen muy escaso contacto consigo mismos, de modo que ante la pregunta “¿qué te ocurrió un rato antes del ataque?” la respuesta es siempre “nada”.

Tienen gran dificultad de relacionar los hechos de la vida con sus respuestas emocionales.

Si se les pregunta qué cosas hicieron ayer, no recuerdan los detalles, sólo algo global; pero si les preguntamos cómo se sintieron ese día, explicarán con lujo de detalles todas las sensaciones corporales que tuvieron, a qué hora, y cuánto duró. (yo les digo que hablan en su idioma, el “paniqués”).

¿Qué diferencias hay con la hipocondría? Básicamente dos:

1) Los hipocondríacos se preocupan sobre todo por cosas del cuerpo, como manchas, ganglios, nódulos, pecas, pérdida de peso, dolores. En cambio los panicosos se preocupan por las funciones autonómicas del cuerpo, como la frecuencia cardíaca, mareos, transpiración, nudo en el estómago, garganta seca, etc. Son cosas que están fuera de nuestro control, por eso se llaman autonómicas. Si el hipocondríaco observa obsesivamente sus pecas o ganglios, éstos no crecen por el hecho de observarlos, mientras que las sensaciones autonómicas del pánico sí crecen al estar el sujeto pendiente de ellas todo el tiempo, lo que provoca el fenómeno de la bola de nieve, creciendo más y más hasta llegar a producir un ataque de pánico, cosa que no ocurre con el hipocondríaco porque la mancha no se modifica.

2) El panicoso no cree estar enfermo, cree que vendrá una enfermedad fulminante si se descuida, en cambio el hipocondríaco cree ya tener la enfermedad, pero que todavía no se la han descubierto.

Si un panicoso tuvo un ataque de pánico en un restaurante, no puede ir más a restaurantes; lo mismo si lo tuvo en un cine, o un aula de la facultad, etc., con lo cual van limitando más y más su movilidad y su libertad. Suele ser imposible concurrir a shoppings o hipermercados, lo explican como que hay mucha gente y se complica la salida, por la cola en la caja, etc. Pero hay otro motivo que desconocen: son muy sensibles a la falta de aire.

En la población general, la estadística muestra que 0,15% de casos tuvo un episodio de asfixia en la niñez con piletas, almohadas, etc. En cambio en estudios hechos en panicosos, 16% de ellos tuvieron esos episodios.

Ahora bien, en los shoppings e hipermercados hay un sistema de ventilación a circuito cerrado, con una proporción de CO2 mucho mayor que lo habitual, lo cual les provoca sin saberlo, una alarma de asfixia, por tener el centro respiratorio hipersensible por su historia de asfixias.

Tratamiento efectivo con Terapias de Avanzada

En cuanto al tratamiento, no hay que dejarse deslumbrar por la medicación: al cabo de cinco años, 55% de ellos recaen y vuelven a tener los ataques de pánico.

Lo más eficaz es la Psicoeducación, seguida de la aplicación de las Terapias de Avanzada®, que consiste en una explicación coherente y genuina de las causas de cada una de las sensaciones corporales, y de los pensamientos catastróficos, así como la compresión de la(s) situaciones(s) que desencadenaron su primer ataque, hasta que le parezcan lógicas y comprensibles que hayan desencadenado ese tipo de reacción emocional: eso evitará que vuelva a ocurrir.

Con estas novedosas y revolucionarias técnicas esta enfermedad se cura definitivamente en menos sesiones que los dedos de una mano.

lunes, 11 de octubre de 2010

OCHO REGLAS PARA CAMBIAR LA VIDA.

Quieres cambiar cosas en ti, pero tu cerebro parece que no entiende. Racionalmente le das órdenes, pero tu cerebro no las obedece. Es como si existiera una gran distancia entre lo que quieres y lo que consigues.

Existen ocho reglas fundamentales que el cerebro cumple escrupulosamente y que tenemos que tener en cuenta a la hora de producir cualquier cambio.

1. Todo pensamiento o idea produce una reacción física

Todos los pensamientos afectan a todas las funciones del organismo. Los pensamientos de preocupación desencadenan cambios en el estómago, que a la larga pueden derivar en úlceras. Los pensamientos de ira aumentan el nivel de adrenalina a la sangre, produciendo diversos cambios en el cuerpo. Los pensamientos de ansiedad y miedo aumentan la rapidez del pulso. Todas las ideas que tienen un fuerte contenido emocional casi siempre alcanzan el inconsciente (la mente del sentimiento). Una vez aceptadas, éstas ideas continúan produciendo la misma reacción corporal una y otra vez.

Es necesario, por lo tanto, romper ese círculo por algún sitio si no queremos caer una y otra vez en las mismas respuestas psicofisiológicas.

2. Lo que se espera tiende a hacerse realidad

El cerebro y el sistema nervioso responden a imágenes mentales, ya sean imágenes internas o externas. Las imágenes formadas se convierten en pautas fijas y el inconsciente utiliza todos los medios de que dispone para llevar a cabo su plan. Preocuparse es una forma de programar respuestas físicas que no deseamos y el inconsciente actúa para que se cumpla la situación representada en las imágenes. "Las cosas que temía han acabado por sucederme".

Muchas personas padecen ansiedad crónica, que es simplemente una expectativa mental inconsciente de que va a ocurrir algo terrible. Por otra parte, todos conocemos personas que parecen tener una magia especial. Parece que la vida les colma de bendiciones sin motivo aparente. De ellos decimos que tienen suerte. Lo que parece buena suerte es en realidad expectativa mental positiva, una honda convicción de que ellos merecen que todo les salga bien. Nos convertimos en lo que pensamos.

Nuestra salud física depende en gran medida de nuestra expectativa mental. Los médicos reconocen que si un paciente espera seguir enfermo, lisiado, paralizado, desvalido o incluso morir, tiende a hacerse realidad la situación esperada.

3. Al tratar con tu mente o con la otra persona, la imaginación es más poderosa que el conocimiento

LA IMAGINACION ANULA FACILMENTE LA RAZON. Este es el motivo por el que ciertas personas se precipitan a ciegas hacia actos o situaciones irracioriales. Los crímenes violentos originados por los celos casi siempre tienen la causa en una imaginación hiperactiva.

Muchos se sienten superiores a los que pierden sus ahorros en manos de timadores o siguen ciegamente a demagogos. Se ve fácilmente que estas personas sobrepasan su razón. A menudo estamos ciegos ante nuestras propias supersticiones, prejuicios o creencias irracionales. Las ideas que contienen una fuerte emoción, como la ira, el odio, el amor a nuestras creencias políticas o religiosas, son difíciles de modificar mediante el uso de la razón.

4. No se puede estar de acuerdo y al mismo tiempo tener ideas opuestas

Se pueden almacenar muchas ideas. La regla hace referencia al reconocimiento de una idea por la mente consciente. Muchas personas intentan obtener ideas opuestas simultáneamente. Un hombre podría creer en la honestidad y esperar que sus hijos sean honestos, y no obstante embarcarse en prácticas comerciales levemente deshonestas. Puede intentar justificar sus actos diciendo, "Todos mis competidores lo hacen, es una práctica "aceptada". Sin embargo, no puede eludir la tensión y su efecto sobre el sistema nervioso, originada por sostener ideas opuestas.

5. Una vez que una idea ha sido aceptada por la mente inconsciente, permanece hasta que otra idea la reemplaza

Esta regla va asociada a la siguiente: cuanto más tiempo permanece una idea, mayor es la resistencia a que se la reemplace por otra idea nueva.

Una vez que una idea ha sido aceptada, tiende a permanecer, y cuanto más tiempo actúa, más tiende a convertirse en una forma habitual de pensar. Así es como se forman los hábitos, buenos o malos. Tenemos pautas de pensamiento y acción. Anótese bien: "TODA ACCION VA PRECEDIDA DEL PENSAMIENTO". Si queremos modificar nuestras acciones, tenemos que empezar modificando nuestros pensamientos. Aceptamos ciertos hechos como verdaderos. Aceptamos que el Sol sale por el este y se pone por el oeste, incluso cuando está nublado y no podemos verlo. Tenemos muchas pautas de pensamiento que son incorrectas y sin embargo se han fijado. Existen personas que en momentos críticos beben whisky, fuman o consumen calmantes para rendir con eficiencia. Todo eso es incorrecto, pero la idea está ahí y resulta una pauta fija de pensamiento. Habrá oposición a reemplazarla con una nueva idea.

6. Un síntoma inducido emocionalmente, si persiste lo suficiente, tiende a causar cambios orgánícos

La ciencia médica reconoce que más del 60 % de las enfermedades humanas son psicosomáticas. La función de un órgano o de una parte del cuerpo se ha perturbado por la reacción del sistema nervioso a ideas negativas que sostiene el inconsciente. No se quiere decir con esto que toda persona que se queja de una enfermedad está enferma emocionalmente o es neurótico. Hay enfermedades causadas por gérmenes, parásitos o virus. ¡Somos un conjunto inseparable de mente y cuerpo! Si temes continuamente que tu salud se debilite, sí hablas constantemente de tus nervios de estómago o tus migraftas debidas a la tensión, a la larga pueden producirse cambios orgánicos.

7. Cada sugerencia llevada a la práctica disminuye la resistencia a sucesivas sugerencias

Cuanto más tiempo dura una tendencia mental, más fácil es de seguir. Una, vez que se forman los hábitos se vuelven más fáciles de seguir y más difíciles de romper.

Cuando el inconsciente ha aceptado una sugerencia, se hace más fácil que acepte nuevas sugerencias y las lleve a la práctica. En ello se basa la publicidad y el márketing.

8. En lo concerniente a la mente inconsciente y sus funciones, a mayor esfuerzo consciente menor es la respuesta del inconsciente

¡La "Fuerza de Voluntad" no existe en realidad! (en muchas ocasiones). Si padeces insomnio has aprendido que "cuanto más te empeñas en dormirte, más te mantienes despierto". Al tratar con el inconsciente tómate las cosas con calma". Hay que saber dar las instrucciones al cerebro para que entienda exactamente lo que deseamos de él. El cerebro no entiende el lenguaje consciente, ya que utiliza un lenguaje que no está basado en palabras, sino en la estructura que tiene el pensamiento. Por eso no sirven todos esos libros de autoayuda en los que se trata de realizar autoafirmaciones. Esos libros te recomiendan frases del estilo: "Soy capaz de sentirme bien". Si pensar eso así funcionara, no habría problemas psicológicos. El cerebro no entiende ese tipo de frases. El cerebro funciona por estructuras. Decir "Soy capaz de sentirme bien" llega a nuestra parte racional, pero no hace que cambiemos nuestra forma de sentir.

Saber cuál es la estructura que hace que nuestro cerebro entienda nuestras órdenes, es un Informe que te enviaremos próximamente, dentro del Boletín gratuito "Psicología Que Funciona", del que ya eres suscriptor, y que se titula "Como Alfred Hitchcock supo entender el funcionamiento del cerebro mucho antes que la mayor parte de los psicologos".

sábado, 25 de septiembre de 2010

Los miedos.

El miedo es, sin duda, una emoción universal. Todos hemos vivido en algún momento esa experiencia. Sin embargo es importante aclarar que el miedo no es el problema, el miedo está indicando que existe un problema. Por lo tanto nos está dando la posibilidad de poder resolverlo. Debido a que el miedo afecta nuestro desempeño, es necesario utilizar ciertas estrategias para superarlo:

Entender y/o aceptar el miedo. Se debe tomar la determinación de abordarlo, enfrentarlo y superarlo para impedir que afecte el cuerpo y el estado emocional.

El miedo es una señal, y por lo tanto debemos aprovechar la información que nos brinda. Sin embargo, a veces, no sabemos qué ante un miedo, no sabemos qué carencia señalan, ni cómo asistirla. Es necesario realizar un aprendizaje a fin de aprovechar la emoción del miedo. Todos disponemos de diferentes recursos para enfrentar los peligros y todos estamos sometidos a la misma ley psicológica: si la amenaza (física o psicológica) supera a los recursos de los que disponemos, surgirá el miedo.

No existe la cobardía o, por el contrario, la valentía. Lo que uno observa simplemente son, personas que disponen de diferentes recursos para enfrentarse a la amenaza que se les presenta. Es importante alcanzar esta comprensión, porque quien es tachado de cobarde, queda injustamente estigmatizado, se daña la valoración de sí mismo y perturba la forma de relacionarse consigo mismo y con los demás.

No sentir vergüenza por experimentar esa emoción. Puede ocurrir, que si por sentir miedo, uno ha sido rechazado, descalificado, tildado de cobarde, etcétera, poco a poco vaya anestesiando la percepción de su miedo; ya no lo registrará y puede desembocar en el: “¡No tengo miedo!”. Y al no contar con esa señal, arremeterá contra el desafío que tiene adelante sin reconocer qué recursos son necesarios para hacerlo. (*)

“Escuchar el miedo”. A veces escuchamos repetidos consejos: “¡Olvidate del miedo!”, “¡El miedo es mal consejero!”. Mientras nos hallamos en ese contexto funcionamos en lucha con nosotros mismos, cargando sobre nuestros hombros nuestro propio aspecto temeroso, tratando de mantenerlo “dormido” para que moleste lo menos posible. El aspecto miedoso se calma cuando es escuchado con respeto y cuando se siente que lo que dice es realmente tenido en cuenta.
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La tendencia a sobredimensionar o magnificar situaciones hace que no se tomen decisiones o no se realicen las acciones requeridas para solucionar determinada situación, ocasionando bloqueo o limitación de la capacidad para discriminar.

Una reacción adecuada es aquella que escucha y respeta el aspecto temeroso, aquella que manifiesta un equilibrio entre la amenaza que enfrentamos y los recursos con que contamos. No siempre basta con tener los recursos, sino que es importante saber que uno los tiene.

martes, 14 de septiembre de 2010

CERRANDO CÍRCULOS.


La vida, es bella, pero nosotros la complicamos todos los días, no nos damos cuenta que debemos cerrar capítulos y ver hacia adelante.

Lo importante es poder dejar ir momentos de la vida que se van clausurando. ¿Terminó tu trabajo? ¿Se acabó la relación? ¿Ya no vives más en esa casa? ¿Debes irte de viaje? ¿La amistad se acabó? Puedes pasar mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los por qués, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, tú, tus amigos, tus hijos, tus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos. A pasar la hoja. A terminar con etapas o con momentos de la vida y seguir para adelante. No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, hecho está. Y hay que soltar, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. ¡No, los hechos pasan y hay que dejarlos ir!

Por eso a veces es tan importante romper fotos, quemar cartas, destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa. Papeles por romper, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas y hay que aprender a perder y a ganar.

Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir solo lo que tenemos en el presente. El pasado ya pasó. No esperes que te devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de “quien eres”. No, suelta. Con el resentimiento, al encender “tu televisor” personal para darte y darle al asunto, lo único que consigues es dañarte mentalmente, envenenarte, amargarte. La vida esta para adelante, nunca para atrás. Porque si andas por la vida dejando “puertas abiertas”, por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de “regresar” (¿a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo!

Si no, déjalo ir, cierra capítulos. Convéncete, que no vuelve. Pero no por orgullo ni por soberbia sino porque tú ya no encajas allí: en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio, ya no eres el mismo que se fue, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a qué volver.

Cierra la puerta, pasa la hoja, cierra el círculo. Ni tu serás el mismo ni el entorno al que regreses será igual porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo desprende lo que ya no esta en tu vida. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, porque cuando llegaste a este mundo lo hiciste sin ese adhesivo, por lo tanto es costumbre vivir pegado a él y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir.

Es un proceso de aprender a desprenderse y humanamente se puede lograr porque, te repito, nada ni nadie nos es indispensable. Solo es costumbre, apego, necesidad. Pero, cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacude, suelta.

Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad. ¡Esa es la vida! Comparto esto contigo, nunca está de más recordar que debemos cerrar nuestros círculos pendientes.

sábado, 11 de septiembre de 2010

EL ENOJO QUE RESUELVE.


Muchas veces cuando cometemos un error, nuestra primera reacción es enojarnos. Si no cumplimos con nuestras propias expectativas, nos enojamos. Si de pronto nos damos cuenta de que otro logro en poco tiempo lo que a nosotros nos viene llevando tanto tiempo, nos enojamos (qué tonto que soy) A veces nos enojamos levemente, y por segundos…


Otras veces, nuestro enojo ya no es tan leve, y cargamos con él por un tiempo prolongado, sin darnos cuenta que –de algún modo- nos hace presos de un círculo vicioso. ¿Quién puede dar lo mejor de sí cuando lo tratan mal?????

Hay circunstancias en las que mirando atrás, vemos cómo hemos actuado, y el enojo parece inundarnos. Qué fácil nos resulta hoy criticar al que fuimos ayer, qué fácil, no? -hoy que todo es diferente, hoy que ya estoy en otros zapatos, jajajaj. Quizás sea bueno que aprendamos –y aprehendamos- lo que me enseñó un maestro hace años. Quizás sería bueno que le agradezca a ese ser que fui por sus errores, porque gracias a él soy la persona que soy hoy. Casi nada, no?



A parte de eso, probablemente sea bueno que me de cuenta de que hice lo mejor que podía hacer, en esas circunstancias, con esa emocionalidad, con lo que sabía y había experimentado en ese momento. Posiblemente sea bueno que me de cuenta que es fácil criticar ahora que el momento ya pasó, porque es fácil criticar de afuera, aún cuando sólo hayan pasado 5 minutos, la situación ya pasó.

LAS EMOCIONES COMPARTIDAS.





Las emociones silenciosamente compartidas que despierta un cuadro, una obra dramática conmovedora o una hermosa pieza de música son capaces de unir estrechamente a las personas.
‘Me dejé llevar por mis sentimientos’, solemos decir cuando obramos bondadosa o valerosamente. Lo decimos casi como una disculpa. Sin embargo, esos sentimientos, modelados por la experiencia de toda una vida, constituyen una guía de conducta digna de confianza y casi automática. No nos será muy útil al jugar a la bolsa o al preparar una declaración de impuestos, pero, como dijo Sigmund Freud, en todos los asuntos verdaderamente fundamentales de la vida es preferible dejar la resolución a los sentimientos. ¿De qué otra manera podríamos decidir con quién casarnos, en qué persona confiar, qué hacer cuando nos encontramos de pronto ante una cuestión de vida o muerte?
En una oportunidad se oyó a Rose Bampton, soprano del Teatro Metropolitano de la Opera de Neva York, comentar las condiciones de dos muchachas que se preparaban para un recital. Señalando a una de ellas, dijo: ‘La gama de su voz no es excepcional, pero su emotividad es tremenda. Le llega más al público’. Mediante el sentimiento aprendemos a conocernos mejor, hacemos surgir nuestra vena creadora, ahondamos y damos mayor riqueza a nuestras relaciones.
Dos personas pueden compartir fortuna, comida y lecho, y sin embargo seguir siendo mutuamente extrañas. En último término, la única manera posible de llegar a significar algo para otro ser humano estriba precisamente en compartir sus sentimientos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La felicidad. Por Silvia Ons.





La búsqueda de felicidad ha gobernado y gobierna el anhelo del hombre en toda la historia de la humanidad. Es suficiente notar la facilidad con la que expresamos el deseo de felicidad: feliz año, felices fiestas, feliz viaje, feliz estadía, feliz cumpleaños, feliz matrimonio, feliz nacimiento, etc. Y seguramente tal afán parece intentar ser un antídoto contra las desgracias de la vida, sus sinsabores, el dolor de existir, en fin, todo aquello que más bien la contraría. Tal vez por ello tales augurios se levanten generalmente frente al futuro por venir, la incertidumbre del mañana. La felicitación, y ya no tanto el voto de felicidad, se declara ante un objetivo cumplido, un fin que se ha realizado, un propósito consumado. Sin embargo no hay término que se preste a tantos sentidos diversos, a múltiples interpretaciones, a una pluralidad de concepciones, de ahí la eterna pregunta: ¿qué es la felicidad? Ya Aristóteles se interrogaba:

“Puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a algún bien, volvamos de nuevo a plantearnos la cuestión: cuál es la meta de la política y cuál es el bien supremo entre todos los que pueden realizarse. Sobre su nombre, casi todo el mundo está de acuerdo, pues tanto el vulgo como los cultos dicen que es la felicidad, y piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz. Pero sobre lo que es la felicidad discuten y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios”.

Diremos que no solo hay disparidad entre la idea del vulgo y la del “sabio”, sino que las filosofías mismas no concuerdan en una concepción del término. ¿Y qué nos dice el psicoanálisis? ¿Cuál es su respuesta no sólo a la eterna pregunta, sino a otra que va a su unísono y que interpela acerca de si la felicidad es factible o no? Tanto Freud como Lacan creen en una felicidad posible y la sostienen, pero luego de haber localizado la que no es posible. El creador del psicoanálisis es contundente cuando en la cercanía de las postrimerías de su obra, afirma sobre el placer:

“Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo, sobre su carácter acorde con fines no caben dudas, no obstante lo cual su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo –sin excepción– lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea 'dichoso' no está contenido en el plan de la 'Creación' ”.

Sin embargo, luego de estas afirmaciones Freud asevera que la felicidad es episódica y parcial, amante de los contrastes y de las diferencias, intempestiva y nunca continua. Y prosigue diciendo:

“Lo que en sentido estricto se llama corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. Resuena la conocida afirmación de Borges: en todo día hay un momento celestial y otro infernal.

Resulta interesante observar cómo hoy en día nos acechan las exigencias de felicidad, los imperativos de dicha, el deber de ser felices todo el tiempo. Pero la felicidad freudiana no es contraria al altibajo, ya que más bien lo supone, ella emerge cual ave Fénix, siempre entre cenizas. ¿No se eliminaría ella misma al intentar hacer desaparecer la disparidad de las tonalidades? Paradójicamente, el hombre siempre eufórico sería el hombre infeliz, ya que cuando la felicidad se transforma en el deber superyoico del ¡siempre¡ deja ella de ser felicidad.


Mirada pesimista. Se sabe de la influencia de Schopenhauer, tanto en Freud como en Borges y no sólo en ellos, sino también en Nietzsche, en Popper, en Cioran, entre otros. Siguiendo en esto a las doctrinas orientales, el filósofo alemán considera que el hombre es esclavo de su deseo, de la voluntad ciega, y este precisamente es el fundamento del pesimismo radical del autor respecto de una felicidad posible siempre a alcanzar y nunca posible por el desasosiego resultante de tales cadenas: “La vida es un anhelo opaco y un tormento”.

Sin embargo, el pesimismo de Schopenhauer no es equivalente al de Freud, ya que para este el carácter episódico de la felicidad no la torna menos valiosa ni la hace por ello desdichada. Es que lo perecedero no queda identificado con lo fútil como tan bien queda expresado en un breve texto llamado “La transitoriedad”, que si bien está escrito sobre el placer estético, importa considerarlo aquí, ya que alude al valor de lo episódico. Se trata de un sencillo y translúcido homenaje a Goethe, a la vez que un canto a la vida, en medio de los horrores de la Primera Guerra Mundial que se hallaba entonces en su segundo año. Freud se limita a contar una anécdota. Paseando con dos amigos, uno de ellos un joven pero ya célebre poeta, los caminantes se sienten de pronto embargados por el hermoso marco que los rodea. Pese a admirar la belleza de la naturaleza circundante, el poeta no puede gozar en plenitud pues le preocupa la idea de que todo ese esplendor esté condenado a perecer. Todo, en suma, le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado y que, seguramente por la despiadada guerra se hacía aún más presente.

Freud reacciona frente a la desestimación del carácter perecedero de lo bello indicando primeramente que tal posición puede originar dos tendencias psíquicas distintas: el amargado hastío del mundo (caso del poeta) o la rebelión contra la fatalidad, en otros términos, la negación de la muerte o de la aniquilación. Sin embargo y sin negar la índole transitoria de lo bello, sostiene con implacable coherencia que, al revés de lo que cree el poeta, la brevedad de lo bello, lejos de conllevar su desvalorización, incrementa su valor debido a su rareza en el tiempo. Y lo expresa diciendo que el valor de cuanto bello y perfecto existe reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo. El joven poeta desvaloriza lo bello, se priva de su goce, se sustrae al placer que la contemplación de lo estético entraña, para evitar el previsible penar por su desaparición. Rehúye la experiencia del placer, con tal de no exponerse al dolor y al sufrimiento, no puede entonces experimentar tal goce ya que lo apreciado no acredita duración en el tiempo.

Entonces, nosotros podemos concluir –y ya no sólo en el plano del placer estético– que el anhelo de una felicidad perdurable es aquello mismo que impide experimentar una felicidad posible ¿Qué sería una felicidad perdurable si ella misma jamás pudo ser experimentada? Pronto caemos en la cuenta que ella no sería otra cosa que una felicidad supuesta, soñada, esperanzada, que obstaculiza vivenciar la felicidad episódica, transitoria… como la vida misma.


La búsqueda. En el diccionario de María Moliner respecto de este término aparece una frase muy común: “Correr tras la felicidad”, dicho que da cuenta de que, en este caso no se trata de la felicidad episódica freudiana sino de la que se busca en una loca carrera. Sus señuelos engañosos quedan también ilustrados en el dicho: el que va tras la zanahoria. Que se evoque aquí a la corrida nos lleva a la felicidad como desdicha, cómo búsqueda incesante, desasosiego infinito, deseo siempre de otra cosa. Y aquí encontramos el pesimismo de Schopenhauer para quien nuestro mundo está hecho del mismo material que el de los sueños, el “Velo de maya” de los hindúes. Querer entonces es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un continuo deseo siempre insatisfecho, Schopenhauer concluye que “toda vida es esencialmente sufrimiento (Leiden)”.

Los hombres descriptos por Schopenhauer se parecen a esos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas imperceptibles.